Alan comenzó entonces a recorrer las desconocidas y oscuras calles de la ciudad. A su paso se fue encontrando con más gente. Lo miraban con caras de extrañeza, a la par que compasión, como si supiesen que era nuevo en ese lúgubre lugar. Luego, seguían con sus quehaceres, como si no hubiese pasado nada. No se atrevió a preguntar a nadie, por muy perdido que estuviese, en todos y cada uno de los significados de la palabra perdido.
El panorama le resultó curioso a Alan, quien, por un instante, recordó aquella noche, allá en su ciudad, cuando se estropearon casi todas las luces de las calles, y los ciudadanos, lejos de asustarse, seguían haciendo su vida como si no pasase nada. Ahora sin embargo, no escuchaba risas, como aquella vez, no había niños jugando en la calzada, tampoco una pareja aprovechando la complicidad de las sombras para regalarse un beso.
Todo era tan distinto... Se comportaban como si se encontrasen vigilados, observados. Como si de un campo de refugiados se tratase. En lugar de personas, más bien parecían autómatas carentes de expresividad alguna.
Alan no se atrevió a acercarse a ninguna de esas personas a preguntar dónde se encontraba, dónde ir, y miles de otras dudas que pasaban por su cabeza. Simplemente, siguió caminando, hasta llegar a una zona más amplia, como una gran plaza, y, una vez allí, se sentó en una especie de banco de piedra.
Allí agachó la cabeza, y puso sus manos ligeramente más arriba de su nuca, reflexionando. ¿Dónde estaba realmente? E igual de importante, ¿hacia dónde dirigirse ahora? Se encontraba perdido y contrariado.
Tras unos instantes, alzó la cabeza, y pudo contemplar el brillo que asomaba detrás de los edificios al otro extremo de la plaza. Se levantó, y observó cómo la luz procedía del mismo edificio brillante que vió al bajar del tren. En la parte superior se encontraba un reloj dorado, responsable de dicho brillo. Era enorme. Pero lo que más sorprendió a Alan no fue su tamaño, sino que no tenía agujas, así como tampoco números en él.
Era muy extraño. ¿Para qué podría servir un enorme reloj que ni siquiera es capaz de dar las horas? La única utilidad que pareció ver Alan en él era su capacidad de alumbrar levemente aquella ciudad tan oscura, o quizás como faro, tal vez para aquellos que se hallasen perdidos.
Y él estaba perdido.
Quedó pensativo durante unos instantes, contemplando el reloj.
En ese momento, vinieron a su mente las palabras que Astrid le dijo en el tren, justo antes de perderla de vista, acerca de que alguien le dijo que él debería buscar en el brillante tiempo eterno. Le pareció bastante claro que esas palabras harían seguramente referencia a ese reloj. Era brillante, por supuesto. ¿Y qué podría haber más eterno que un reloj sin horas?
Decidió entonces caminar en busca de ese lugar. En busca de ese atisbo de esperanza de encontrar las respuestas que buscaba.
Atravesó unas cuantas calles empedradas, todas silenciosas, desiertas. Hasta que, finalmente, tras doblar una esquina, llegó a otra plaza. Y ahí estaba, el gran reloj dorado, adornando en su cúspide a un majestuoso edificio de aspecto gótico.
Era una torre sin apenas ventanas. Su fachada lucía diversos motivos tallados en la piedra. Tanto figuras, como palabras, en una lengua que ni él mismo, políglota consumado, reconocía. El brillo del reloj incidía en ella, obteniendo como resultado una maravillosa visión que, en otras circunstacias, sin duda habría provocado que Alan abriese su maletín, tomase lápiz y papel, y la hubiese inmortalizado con un dibujo.
Sin embargo, no era el momento apropiado para eso, pensó. Atravesó la plaza, sin apartar la mirada del reloj. Finalmente se situó frente al gran portón del edificio. Se dispuso a llamar, asiendo la enorme y pesada aldaba que, pensó, debía emitir un ruido atronador que se extendería por todos los rincones de la torre.
Justo cuando reunía las fuerzas suficientes para golpear la puerta, observó cómo ésta ya estaba ligeramente abierta.
Tras unos instantes de duda, empujó la gran puerta metálica, abriéndola lo suficiente como para poder entrar. Dio un par de pasos. Apenas había luz, por lo que no pudo ver demasiado bien lo que se hallaba ante él.
- ¿Ho... hola? - dijo tímidamente.
Alan pensó que quizás el edificio estuviese abandonado. Sin embargo, no parecía probable, puesto que el aspecto del mismo era muy cuidado, pese a parecer bastante antiguo.
Inesperadamente, una voz surgió de entre la oscuridad.
- Hola, Alan - se oyó -. Te estaba esperando.
Continuará...
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2 comentarios:
Lo estás alargando mucho eh?
Menudo atracón nos estás dejando.
Está perfecto así. Es más, como si quieres que sea una novela corta. Sigueeeeeeeeeerl
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