Alan se encontró a sí mismo en una calle empedrada, totalmente desierta. Frente a él, un edificio de tres plantas, de aspecto austero, ocupaba todo el ancho de la calle. A su izquierda, la vía se extendía formando una curva poco pronunciada hacia el centro de la ciudad. A su derecha, se vislumbraba un arco que daba acceso a otra calle, más angosta, también en curva hacia el centro.
La oscuridad era reinante. Tan sólo una tenue luz que provenía de un candil, en el camino más allá del arco, restaba tenebrosidad a la escena. Quizás por ello, Alan decidió seguir ese camino. Avanzó lentamente hasta situarse bajo el umbral. Allí se detuvo por un momento, dio unos cuantos pasos más. Fue entonces cuando pudo contemplar una escena bien distinta a lo que había visto hasta ahora.
La nueva calle a la que había accedido no parecía tan lúgubre como la anterior. Por supuesto, poco tenía que ver con el extrarradio de la ciudad. Bien podría haber sido cualquier calle de su querida ciudad en cualquier noche cerrada. Delante de él, se extendian edificios bajos a los dos lados de la calzada, la mayoría de ellos parecían ser viviendas.
De repente, unos pasos fueron audibles desde la distancia. A lo lejos comenzó entonces a distinguirse una figura con forma de persona. Cada vez se acercaba más.
- ¿Será otro de esos... lo que quiera que fuesen? - pensó Alan.
Se armó de valor, y en lugar de echar a correr, decidió esperar.
El desconocido, ahora más cerca, se detuvo entonces. Levantó la mirada, y vio a Alan al comienzo de la calle. Alan sintió cómo si una mirada punzante lo paralizase. Así se mantuvo, hasta que, finalmente, el extraño personaje llegó hasta donde estaba él.
Era bastante más bajo que Alan, pese al sombrero de copa corto que lucía en su cabeza. Vestía de forma elegante, llevando incluso una capa negra que le daba cierto toque de distinción. Por su rostro, Alan pudo adivinar que se trataría de un hombre de unos sesenta años. Pelo largo canoso, y unas pobladas patillas blancas que recorrían su cara de arriba a abajo. Llevaba unas viejas gafas redondas, ligeramente empañadas, que, sin embargo, dejaban entrever sus pequeños pero agudos ojos.
Alan no supo muy bien cómo reaccionar, ni qué decir.
- Vaya, vaya... - dijo entonces el desconocido -. ¿Qué tenemos aquí?
Una mirada suya de reconocimiento, recorrió a Alan, que sintió como si estuviese siendo examinado detalladamente cual insecto en manos de un taxidermista.
- Eres nuevo en la ciudad, ¿verdad chico? - dijo mientras dejaba entrever una leve sonrisa -. Los reconozco a simple vista. Esa mirada asustadiza, ese halo de desconcierto que los envuelve. Andan perdidos, como si hubiesen sido arrojados en mitad de la nada, sin brújula alguna, ni estrella con la que orientarse. Súbitamente, sin previo aviso...
De pronto, el desconocido se interrumpió a sí mismo, para proseguir.
- Disculpe - dijo riendo -. Grosero de mí. ¿Qué clase de recibimiento puede dar aquel que ni siquiera se ha presentado?, estará usted pensando - continuó -. Mi nombre es Friedrich Van Pott - dijo mientras saludaba con su sombrero, dejando entrever su blanca cabellera -. Y usted es...
Alan, quien aún no había asimilado la situación, no supo muy bien qué decir, hasta que finalmente dijo:
- Mi nombre es Alan.
- Alan, ¿eh? - respondió Friedrich -. ¿Alan qué más? ¿Alan a secas? ¿Alan no-tengo-apellidos? - dijo riendo.
- Dejémoslo en Alan - dijo él.
- Ya veo... - dijo el viejo -. Eres tímido, reservado quizás. O probablemente sólo estés un tanto confundido por todo esto. Debes tener muchas preguntas sin respuesta. ¿Me equivoco? - preguntó mientras su semblante cambiaba a uno más serio.
Alan, pese a su desconfianza, comprendió que no había mucho más de lo que fiarse por aquel lugar desde que llegó. Efectivamente, tenía preguntas que necesitaban respuesta, y, de momento, ese viejo parecía ser su única posible fuente de información, así que, tras meditarlo brevemente, dijo:
- Sí, en efecto, tengo dudas. La primera de ellas es... ¿qué diablos es este lugar? ¿Estoy en el Infierno? ¿Es eso?
- No, amigo - respondió Friedrich -. No estamos en el Infierno. Al menos allí saben dónde están y lo que les espera.
Esta respuesta extrañó mucho a Alan, pues si bien no daba mucha información, tampoco parecía dejar en muy buen lugar frente al mismísimo Infierno al sitio en el que había ido a parar.
- Así que... - dijo Alan - no estamos en el Infierno... De acuerdo. Entonces, ¿quiénes eran los que me crucé por el camino a esta ciudad, allí fuera, en el extrarradio? Eran como sombras, gente que transmitía una sensación de frío y desánimo que consigue helar el corazón.
- Aham, esos... - dijo el viejo -, esos son... los condenados.
- ¿Los condenados? - preguntó Alan extrañado.
- Sí, así los llamamos - respondió Friedrich -. Son aquellos que un día llegaron aquí, como tú y como yo. Fueron juzgados, y declarados culpables. Ahora sus almas vagan eternamente sin consuelo ni posibilidad de redención.
- ¿Qué hicieron para ser declarados culpables? - preguntó Alan.
- No se sabe con certeza - dijo Friedrich -, pero los pocos casos que he conocido personalmente, distan mucho de merecer dicha condena - continuó -. Cada vez se van volviendo más severos, no muestran misericordia alguna.
- ¿Quiénes? - quiso saber Alan.
- Ellos - respondió el viejo.
- ¿Ellos? - preguntó Alan sorprendido -.¿Quiénes son Ellos?
Al decir estas palabras, Friedrich comenzó a ponerse ligeramente nervioso.
- Lo... lo siento, he de marcharme - dijo -. Se me hace realmente tarde. Disculpe.
Y diciendo esto, comenzó a andar con paso ligero, hasta que finalmente se perdió en otra calle, doblando una esquina.
Alan, permaneció inmóvil, con la boca ligeramente abierta, sin tan siquiera hacer ademán de seguir a Friedrich, sorprendido por la reacción de ese pintoresco personaje. ¿Por qué se había comportado de ese modo? ¿Acaso esos los "Ellos" de los que no quiso hablar serían los mismos de los que le habló Astrid? En su mente, nuevas piezas se sumaron al puzzle de lo que estaba ocurriendo.
Continuará...
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