viernes, 6 de marzo de 2009

Capítulo VIII

Alan permaneció en silencio, con la cabeza agachada. Su mirada, fija en el infinito del papel, era ahora borrosa. Sus ojos, vidriosos, eran testigos de la lucha despiadada entre la gravedad y unas incipientes lágrimas que, sin embargo, aguantaron el embite de la pena, de la rabia. De la tristeza y vacío que siente aquel a quien arrancan de raíz la parte más feliz de su vida, una que no fue, una que nunca sucedió. No para él.

Alzó lentamente la cabeza, respiró hondo y, envolviendo su voz en un susurro, pronunció:

- Astrid...

Ella, que embargada por la emoción del momento, era incapaz de articular palabra alguna, gesticuló con su rostro. No dijo nada, pero no hacía falta.

- Astrid... - repitió Alan - Lo siento. Lo siento con todo el dolor de mi corazón. Me odio por no recordar nada. Por no recordarte a ti. - dijo con tristeza. A continuación se produjo una leve pausa.

- Me odio por no recordar que me amaste - continuó -, y que seguramente aún lo hagas. ¡Me odio... porque no recuerdo que... yo... fui capaz de amar! - continuó, levantando ligeramente el volumen de su voz -. ¡No sé qué se siente! ¡Ni siquiera habiendo vivido yo mismo ese sentimiento, no soy capaz de reconocerlo en mi corazón!

Alan cerró entonces el diario de Astrid, y sosteniéndolo con su mano derecha mientras la agitaba, prosiguió:

- ¡Esto... esto - dijo, refiriéndose al diario -, es parte de mi vida... de nuestra vida! - continuó - ¡Y alguien, quienquiera que sea, dondequiera que esté, se cree con el derecho de robármelo! Ni siquiera sé quién soy, qué hago, por qué faltan tantas piezas en el puzzle de mi vida. Paso día tras día engañándome a mí mismo, haciendo como que todo va bien, pese a estar sumido en el más absurdo de los engaños, envuelto en una atmósfera de confusión continuamente, como en un sueño del que no puedo despertar, sin saber siquiera cómo cai en él.

Hubo una corta pausa, durante la cual pareció cambiar de opinión, mientras negaba con la cabeza.

- ¡No, no me odio a mí! - exclamó - Yo no soy culpable de nada. Y contigo... hice todo lo que pude, todo lo que estuvo en mi mano. ¡Pero ni siquiera eso fue suficiente!

- ¡Estoy harto! - continuó enfurecido - Ellos... Ellos son los culpables. Esa gente de la que me has hablado. No puedo soportarlo más... - dijo mientras apretaba sus ojos, cerrándolos fuertemente.

Así permaneció por un momento.

Al cabo de un instante, y con una súbita serenidad, sin mostrar emoción alguna, como quien vuelve de un trance, abrió los ojos de nuevo, y, con una gran determinación, dijo:

- Es hora de obtener respuestas.


Continuará...

1 comentarios:

eme dijo...

madre mía, ya vas por el 8!!!