Alan no salía de su asombro. La confusión se apoderó de él, pues temía lo peor. Sin embargo, no pudo artícular palabra, y, mientras su respiración se volvía agitada y sus ojos, abiertos ahora de par en par, dejaban ver unas pupilas dilatadas que se clavaban en el infinito, tan sólo se limitó a seguir escuchando a Astrid con atención.
- Pero ahí no acabó todo - continuó ella -. Al día siguiente, a la misma hora aproximadamente, volvieron a llamar a la puerta. No me apetecía abrir, no quería hablar con nadie, ni ser molestada. "¿Qué desea?" Pregunté en voz alta, con la puerta cerrada. Al otro lado, la voz de un hombre respondió "busco a Astrid Rosendelf". En ese momento, una ola de calor sacudió mi ser de la cabeza a los pies. Reconocí esa voz al instante. Rauda, abrí la puerta, y, efectivamente, ahí estaba él, el mismo joven que vino a verme el día anterior. "¿Podría pasar a charlar con usted?" preguntó. "Por supuesto, ya pensé que no volvería a verte", respondí yo.
- Él pareció no entender eso demasiado bien. Volvío a presentarse, como ya hizo el día anterior. "Así que le gustan los juegos, ¿verdad?" Pensé yo. "Pues bien, juguemos, será divertido.".
- Pasó y se sentó. Se mostraba frío y distante conmigo, como si fuésemos dos perfectos desconocidos. Me pidió que le contara cosas de mi vida, a lo que yo, inicialmente y para seguir con el juego, accedí. Sin embargo, no notaba cambio en él, ni la más mínima intención de terminar con la farsa. "¿Qué te pasa?", pregunté. "Nada en absoluto, señorita, tan sólo prosiga.", respondió. A lo que yo contesté "Estoy empezando a cansarme de este juego absurdo de hacer como que no me conoces, déjalo ya". Entonces, él con cara de sorpresa, dijo "no es ningún juego, Señorita Rosendelf, se lo aseguro, no la conozco de nada".
- Sé distinguir a la gente que me miente de la que no lo hace, y créeme, él no estaba mintiendo. Ni siquiera el mejor actor del mundo podría llevar a cabo semejante puesta en escena. Entonces, tras un instante reflexión, comprendí que era cierto, realmente no recordaba nada de mí, ni siquiera de haber venido a mi casa el día anterior. No entendí a qué se debía aquello, se escapaba a mi razón.
- Por miedo a enfadarle o a enfadarme conmigo misma, o quizás con ambos, qué se yo, hice como si no hubiese pasado nada, y continué charlando con él. El resultado fue similar al del día anterior. Tocó el piano, mientras yo tarareaba en voz baja la melodía, lo cuál le sorprendió, ya que pensaba que sólo él la conocía. Al igual que en la visita previa, rehusó pintarme, argumentando exactamente lo mismo. Después de aquello, siguió un beso, y otro, y otro más, y... - aquí paró Astrid, mientras, sonrojada, pensó que era suficiente.
- Comprendo - dijo Alan -. Continúa, por favor.
- Desgraciadamente, al igual que la noche anterior, tuvo que marcharse apresuradamente, ya que si no, perdería su tren. "¿Volverás mañana?, pregunté yo. "No lo sé, lo dudo mucho, pero sabe mi corazón que no hay nada en el mundo que desee con más fuerzas", respondió. Y, mientras terminaba de abrocharse la chaqueta y recogía su maletín del suelo, salió por la puerta a toda prisa.
- ¿Volviste a verle? - preguntó Alan intrigado.
- Sí - respondió Astrid -, por supuesto. Al día siguiente volvió a visitarme. De nuevo no recordaba nada de mí, nada en absoluto. Y la historia volvió a repetirse. Y así fue, un día tras otro. Conforme pasaban los días, fui acortando los relatos de mi vida, que tan atentamente él escuchaba. Poco a poco, hasta convertirse en un mero resumen de quince minutos. Mi vida en quince minutos. Todo con tal de pasar más tiempo juntos sin tener que estar sólo hablando de mi vida.
- Pese a lo extraño de la situación, no podía ser más feliz. Cada día, mi amor continuo con memoria se mezclaba con el suyo diario recién descubierto. Podría haber estado así eternamente, y así fue durante meses. Nunca entendí por qué sucedía de este modo, pero no me importaba. Hasta que un día...
- ¿Qué ocurrió? - preguntó Alan con los ojos abiertos de par en par.
- Un día - prosiguió ella -, a la misma hora que solía recibir mi visita, llamaron a la puerta. Por supuesto, ya tenía té preparado para dos. Abrí la puerta sin preguntar, ¿para qué? Ya sabía quién sería. Cúal fue mi sorpresa cuando contemplé la figura que apareció ante mí. No era mi amado. Era un hombre calvo, alto y delgado, de cara severa, bastante mayor que yo, enfundado en un impoluto traje. "Astrid Rosendelf, si no me equivoco", dijo. "S... sí, soy yo". "¿Sería tan amable de invitarme a pasar? Hemos de solucionar un "pequeño" problema.", continuó él. "Pe... pero... yo...", dije balbuceando. "Tranquila", me interrumpió, "él no vendrá hoy."
- Intrigada, a la par que angustiada por lo que acababa de decirme, pues no vería a quien esperaba, le hice un gesto con la mano, invitándolo a pasar. Le ofrecí un té, y, a continuación, me reveló la verdad de lo que estaba ocurriendo.
- "Señorita Rosendelf", comenzó él, "ambos sabemos que durante los últimos meses ha estado recibiendo la visita diaria de un joven, ¿me equivoco?". Preguntándome a mí misma cómo era posible que ese hombre lo supiera, era evidente que no podía mentir. Lo sabía y punto. Así que asentí. "Bien", continuó, "ese hombre ha infringido algunas normas. Reglas inquebrantables que alguien en su puesto, en su trabajo, nunca, bajo ninguna circunstancia debe jamás pasar por alto."
- Atentamente, continué escuchando lo que decía, sin la más mínima intención de interrumpirlo. Permanecí inmóvil. Él prosiguió. "Señorita Rosendelf, como es lógico, usted no tiene ni la más remota idea de cuál es dicho trabajo, ¿me equivoco?".
- "N... no, a veces me comentaba que su trabajo consistia en simplemente escuchar a la gente, pero no sé mucho más. Tampoco quise indagar. ¿P... por qué? ¿Qué ocurre?", pregunté preocupada. "Ya veo.", continuó, "Él es un Oyente". "¿Un Oyente? Nunca había oído hablar de ese oficio", dije sorprendida. "No se preocupe", dijo él, "explicárselo es parte de mi labor hoy aquí. El trabajo de un Oyente consiste en visitar a ciertas personas, de entre aquellas que van a morir, escuchar todo lo posible de ellas, sus vivencias, sus sentimientos, etc. Una vez la persona ha sido visitada, y sus recuerdos puestos a buen recaudo en la memoria de un Oyente, entonces está lista para abandonar éste mundo y enfrentarse al destino que le corresponde.
- "¿Entonces esas personas mueren luego?", pregunté yo. "Sí, mueren", respondió firmemente. A lo que yo volví a preguntar, "¿Y por qué es tan importante que un... Oyente... obtenga esas memorias?" ¿Qué destino es ése?". Él prosiguió, "verá, Señorita Rosendelf... al abandonar este mundo, el alma de cada persona debe ser rehubicada, destinada a un lugar u otro. Las de la gran mayoría de personas, simplemente van al Cielo o al Infierno, seguro que usted ya sabía eso. Sin embargo, el selecto grupo de personas que son elegidas no corren la misma suerte. Así pues, gracias a la valiosa información que portan los Oyentes, es posible saber qué lugar le corresponderá a cada una de ellas en otro tipo de escenario, distinto al clásico de Cielo e Infierno. Es un proceso delicado y necesario. Indispensable para el equilibro del mundo.".
- "¿Y quién o qué determina quién es visitado, y en basé a qué?", pregunté. A lo que el respondió, "Verá, no puedo decirle mucho más, tan sólo que... Ellos deciden quién recibe la visita de un Oyente y quien no. "¿Ellos?", dije desconcertada. Su respuesta no fue mucho más aclaratoria. Dijo "sí, Ellos. Ellos eligen a las personas, y no permiten que ninguno de los seleccionados abandone este mundo sin haber sido visitados, ya que esas personas son... ¿cómo dercirlo?... especiales. No puede haber errores. Lamentablemente, me es imposible facilitarle más información, ya que, aunque la tuviese, está prohibido hablar de Ellos".
- "De acuerdo", dije yo. "Me temo que yo soy una de las elegidas, si no me equivoco". A lo que él asintió con la cabeza. "Por tanto, ¿significa eso que voy a morir?", pregunté sin apenas ánimo. "Sí, así es", respondió. Estaba tan contrariada que ni sentía tristeza. Inevitablemente, una duda vino a mi mente, y pedí respuesta "¿Por qué ahora? Quiero decir, ha pasado casi un año desde la primera vez que fui visitada, ¿por qué ahora? ¿Por qué no he muerto aún?"
- "Verá", comenzó su explicación, "cierto día, a su Oyente se le asignó una lista de seleccionados. Como siempre, debía tachar los nombres de dicha lista, después de cada visita, de manera que fuese recogida por alguien de los nuestros en un lugar prefijado, en este caso, una taquilla de la estación de tren. Después de procesar esa información, Ellos podrían saber quién había sido visitado y quién no, de forma que estarían listos para abandonar este mundo."
- "Esa noche, observamos algo curioso", prosiguió. "Él nunca había fallado. Siempre había conseguido visitar exitosamente a todas y cada una de las personas que se le habían asignado en todos estos años. Pero ese día, un nombre estaba sin tachar: Astrid Rosendelf. Nos pareció bastante extraño. De modo que al día siguiente, en una nueva lista, entre otras personas asignadas, se le volvió a incluir a usted. Obtuvimos el mismo resultado, "no visitada". Y así se fue repitiendo durante todos estos meses. Día a día, devolvía su lista, con todos los nombres tachados excepto el suyo."
- "Finalmente", continuó contándome, "observando que su partida al otro mundo se estaba demorando sobremanera, mis superiores me ordenaron que yo mismo en persona me encargase del caso, para comprobar si, realmente, había sido visitada o no. Así pues, anoche, amparado por las sombras, aguardé enfrente de su casa. Y lo vi. Lo vi a él, saliendo de ella, apresurado. Pese a todo, se detuvo. Sacó una pluma de su maletín, y seguidamente un papel. Pese a la distancia, pude reconocer ese tipo de papel, trabajo con él a diario. Efectivamente, se trataba de la lista de asignados. Comprobé cómo, cuando se disponía a tachar algo, presumiblemente su nombre, con gestos de estar sufriendo una lucha interna, volvío a guardar la pluma y la lista en su maletín, y se dirigió a la estación. No tachó su nombre, Señorita Rosendelf. Sabía que si lo hacía, no volvería a verla jamás. Así que decidió aparentar que no cumplió su misión, para, pese a no recordar nada sobre usted después, conseguir que le fuera asignada de nuevo. Apuesto a que no estaba seguro de si eso iba a funcionar, ya que nunca antes había hecho algo así. Pero funcionó, y en vista del tiempo transcurrido desde su primera asignación, ha tenido esa... ¿cómo decirlo...? "magnífica idea" un día tras otro, de forma exitosa".
- "Eso lo explicaría todo", dije yo. A lo que él respondió, "sin duda, diría que es algo muy bonito por su parte, incluso me conmovería si tuviese sentimientos. Sin embargo, quebrantó una de las normas fundamentales de su trabajo, por lo cuál deberá responder. Es una pena... Alan siempre ha sido uno de los mejores."
Continuará...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

3 comentarios:
Sigue escribiéndolo porque promete mucho.
Consigues enganchar y eso es difícil :p
Mañana otro eh?
Y no quiero finales tristes! :_(
Vale, me he quedado con ganas de más. Está muy curiosa la idea, y la forma de ir explicando las cosas mola.
A seguir escribiendo! :D
Publicar un comentario en la entrada