- ¿Qué quieres decir con eso? - preguntó Alan contrariado.
- Es comprensible que ahora mismo no lo entiendas - dijo Astrid -, pero es hora de que sepas la verdad.
- Mi nombre es Astrid Rosendelf - prosiguió -, nací en la capital, aunque a mis dos años nos mudamos a las afueras. Era hija única, pero mi vida en el campo era maravillosa. Aún recuerdo cuando jugaba con mi perro a esconderme entre las hierbas del campo. Cómo reían mis padres mientras lo veían ladrar y dirigise hacia mí a toda velocidad cuando me encontraba. Nunca olvidaré aquello. Eran buenos tiempos.
Desgraciadamente, perdí a mis padres a los nueve años, y, dado que no tenía más familia, fui acogida en un orfanato. El resto de niños me hicieron la vida imposible durante mi estancia allí. Apenas me dirigían la palabra. Siempre comía y jugaba sola. Oía cómo se reían siempre de mí cuando pensaban que no estaba escuchando. Pero sí, lo oía todo. Por supuesto, tampoco me dejaban participar en las obras de teatro y en el resto de actividades conjuntas de cara al público que, unas cuantas veces al año, se organizaban para conseguir dinero para el orfanato. Nunca llegué a entenderlo.
Por contra, los libros de la vieja y polvorienta biblioteca del hospicio fueron mi mejor compañía durante esos años. No había muchos, así que leí la gran mayoría de ellos mientras estuve allí, al menos los que realmente merecían la pena. De ese modo, aliviaba mi día a día, y conseguía transformar ese pequeño infierno en el que me hallaba recluida en un sitio menos triste. Unos días era una isla con un tesoro escondido, otro una selva, y así sucesivamente.
A los dieciocho años, con la mayoría de edad, estaba obligada a abandonar el orfanato. Fue entonces, mientras recogía mis pocas pertenencias, cuando pensamientos opuestos atravesaron mi mente. Por una parte, estuve deseando todos estos años salir de aquel pozo de tristeza con todas mis fuerzas. Sin embargo, ¿a dónde iba a ir ahora? ¿Dónde iba a vivir? ¿De qué iba a comer?
Afortunadamente, una pequeña sorpresa me aguardaba. La directora del orfanato me dio la mejor noticia y mayor alegría en todos los años que estuve allí. Al parecer, había heredado la casa de mis padres en la capital, y una suma de dinero, que, si bien no era una fortuna, sí me permitiría salir adelante por un tiempo.
Así pues, me mudé a la que fué mi primera casa, cuando yo era un bebé. Era preciosa, los muebles muy clásicos, todo lleno de polvo. Con un poco de paciencia y esfuerzo, quedó como nueva. Con el dinero, puse una floristería, a un par de manzanas de mi casa. Siempre me gustaron las flores, imagino que porque me recordaban a mis años felices en el campo.
Y así discurrió mi vida todo este tiempo atrás. ¿Recuerdas todo lo que acabo de contarte? - preguntó ella entonces.
- ¿Eh? ¿Cómo? - respondió Alan sorprendido -. ¿Cómo voy a...? Pero... No entiendo... ¿Cómo voy a recordar algo que es la primera vez que escucho?
- Por supuesto que no lo recuerdas - dijo ella resignada -, hoy no iba a ser distinto.
- No comprendo nada, explícate, por favor - le pidió Alan.
- De acuerdo, allá vamos - comenzó Astrid -. Como dije antes, esa fue mi vida... hasta un día, hace ya casi un año. Era por la tarde, y recuerdo que estaba preparando té.
- Fue entonces cuando llamaron a la puerta - prosiguió -. No esperaba a nadie, y no me gustaban las visitas sorpresa, sin embargo abrí la puerta. Encontré tras ella a un hombre joven, muy bien vestido. "¿Astrid Rosendelf?", preguntó. "Sí, soy yo", respondí. "¿Sería tan amable de invitarme a pasar? Me gustaría hablar con usted", prosiguió.
- Normalmente no suelo fiarme de los desconocidos - dijo Astrid -, sin embargo, aquella vez fue diferente. Me transmitió confianza, así que le invité a pasar y sentarse a hablar mientras tomábamos una taza de té.
- Pasamos toda la tarde conversando, relatándole todo lo que te acabo de contar sobre mi vida. Él no se cansaba de escuchar, quería saber todo lo posible sobre mí. Se hizo de noche, pero ahí seguíamos, hablando de otros temas. Música, literatura, deseos...
- De repente, se levantó de la silla, y sin pedir permiso, se dirigió al viejo piano de mis padres. Comenzó entonces a acariciar las teclas, emitiendo una música que inundó mi alma y mi corazón. Nunca antes había escuchado una canción tan bonita. "¿Cúal es el título?, le pregunté. "No lo sé", respondió él.
- Fue a continuación cuando lo oí pensando en voz baja "no, no a ti". "Cómo?, pregunté yo. Entonces él, no sin bastantes dudas al respecto, se explicó:
"En mi trabajo, éste de "conversar" con las personas, suelo pintar a la gente que considero especial, a aquella que realmente merece un hueco en mi memoria. Por un momento pensé en hacer lo mismo contigo, retratarte y llevarme ese dibujo conmigo. Sin embargo no lo haré, y ¿sabes por qué? Porque nunca he vuelto a ver otra vez a ninguna de las personas con las que he conversado, las pocas que recuerdo, claro.
Las normas dicen que está expresamente prohibido interesarse o intentar contactar con una persona a la que haya visitado previamente o con cualquier familiar o conocido de la misma, así como hablar de ella a otras personas. Simplemente, dejan de existir.
Es más, aún suponiendo que rompiera esta regla, cosa que no haré, dudo que siguieras aquí si volviese. Durante todos estos años, han pasado cosas que me llevan a estar casi seguro de esto.
Si te dibujara ahora, no podría soportar el ver tu rostro en el papel el resto de mis días, sabiendo que nunca podría volver a ver en persona a la mujer más bella que jamás vi. Prefiero olvidarte a morir por tu ausencia."
- Noté entonces cómo su mirada quedaba fija en la mía, permaneciendo así durante un instante. Un momento sólo interrumpido por un beso. Pareció ser eterno.
- Lentamente, fue retirando sus labios, mientras balbuceaba "lo... lo siento. Es tarde, he de irme o perderé el último tren". Y diciendo esto, se levantó y salió por la puerta, sin siquiera despedirse.
Continuará...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

1 comentarios:
Está interesante. A ver si lo sigues, que quiero ver como se resuelve la cosa. :D
Publicar un comentario en la entrada