sábado, 7 de marzo de 2009

Capítulo IX

Astrid, que había permanecido callada e inmóvil durante el monólogo de Alan, dijo entonces:

- Por eso estoy aquí, Alan. Para ayudarte a encontrar las respuestas que ansías. Desde el mismo instante que supe que tomarías este tren, hice todo lo posible por estar en él, por hacerte ver lo sucedido, por ayudarte a abrir los ojos hacia la verdad.

- Pero... - interrumpió Alan - ¿Cómo es posible? ¿Burlaste a la muerte?

- Alan... - dijo ella - No es tan sencillo. Lamentablemente, hay cosas a las que aún no podría responderte, ya que ni tan siquiera yo misma conozco todas las respuestas sobre lo que ha sucedido y está por suceder.

- No comprendo - dijo Alan un tanto confuso -. ¿De que forma me ayudarás entonces? ¿Acaso puedes decirme el nombre de quien te visitó en mi lugar?

- Me temo que no - respondió ella -. Nunca me lo reveló.

- Ya veo - dijo Alan -. Entonces quizás puedas decirme quiénes son Ellos. Cómo encontrarlos. Dónde.

- Por desgracia - respondió Astrid -, desde que... digamos que "cambié", hace unos días, no he podido averiguar demasiado sobre todo este asunto en el sitio en el que he estado.

- ¿Y cuál es ese sitio? - interrumpió Alan - Es obvio que no ha sido la capital, ya que tú ya estabas en este tren que se dirige allí cuando yo me monté en él.

- No sabría muy bien cómo responder a eso - dijo ella -. En cuanto al destino... me temo que este tren no se dirige a la capital.

- ¿Cómo que no? - preguntó él preocupado - ¿Cuál es nuestro destino final si no?

- ¿Nuestro? - dijo Astrid -. Desgraciadamente, nuestros caminos se separan en la próxima parada.

- ¿Cómo dices? - preguntó Alan -. Ahora sí que no entiendo nada.

- Sí, Alan - respondió ella -. Sólo sé que he de bajar en la próxima estación. Así ha de ser.

- Iré contigo entonces - dijo Alan convencido.

- Lo siento - respondió Astrid -, no puedes acompañarme. Debo afrontar esto yo sola.

La forma de decir esto por parte de Astrid, hizo que Alan, pese al enorme deseo de continuar junto a ella, asumiese que eso no sería posible. No importaba que no comprendiese los motivos. Simplemente supo que debía ser de ese modo.

- ¿Y yo? ¿Qué pasará conmigo? - preguntó Alan.

- Tú deberás esperar a la siguiente parada a la mía, la última - respondió ella.

- ¿Y luego? - quiso saber Alan. Mientras tanto, el tren comenzaba a reducir su velocidad.

- No sé mucho más - dijo Astrid -, tan sólo me dijo que buscases en el brillante tiempo eterno.

- ¿Quién te dijo eso? ¿Qué he de buscar? ¿Dónde? - dijo Alan, mientras Astrid se ponía en pie y el tren se detenía.

- Lo siento - respondió ella mientras abría la puerta del compartimento -, he de bajar aquí.

- ¡No, espera! - exclamó Alan - ¡No has respondido a mis preguntas! - Y conforme decía eso, vio cómo Astrid salía por la puerta, sin tan siquiera coger su diario.

Rápidamente, Alan se levantó de su asiento, y se dirigió al pasillo. Sin embargo, no había ni rastro de la joven. A decir verdad, no había rastro de vida alguna. Sólo silencio. Fantasmal ausencia de sonido.

Antes siquiera de poder reaccionar, o pensar incluso en bajar del tren, éste volvió a ponerse en marcha. Desconcertado, Alan volvió al compartimento, guardó el diario de Astrid en su maletín negro, lo cerró, y permaneció en silencio.

De cuando en cuando, miraba por la ventana. Ventana que le seguía negando cualquier visibilidad en el exterior. La luz, antes reinante a través del cristal, se fue tornando cada vez más en oscuridad. Como si en apenas unos minutos, la noche hubiese hecho acto de presencia precipitadamente.

Así discurrió el viaje por un largo tiempo, hasta que, de repente, sintió como el tren, de nuevo, aminoraba su marcha.

Finalmente, se detuvo. Y nuevamente... el silencio.

Tras unos instantes, cogió su maletín y atravesó la puerta. El pasillo, tan misterioso como la primera vez, era testigo de su miedo a lo desconocido. Esa era su parada, tal y como Astrid le había dicho, no había duda. Pero ¿qué encontraría allí? ¿Dónde estaba?, se preguntaba conforme avanzaba en dirección a la salida.

Después de unos cuantos pasos, llegó a la puerta por la que en su momento entró al tren. Se situó frente a ella, y ésta se abrió, mostrando a Alan el exterior. Bajó del tren, lentamente, y la puerta volvió a cerrarse.

Contempló lo que se alzaba ante sus ojos. Una visión que oprimiría el corazón de cualquiera.


Continuará...