Conforme la puerta se hubo cerrado, el brillo que iluminaba la cabina se tornó en una tenue luz, emanada por una débil bombilla parpadeante. Fue entonces cuando, al contemplar más detenidamente el interior del vagón, pensó si acaso no se habría equivocado de tren. Quizás lo mejor sería salir de allí, se dijo. Pero para cuando hizo ademán de girar para encarar la puerta por la que había entrado, ya era demasiado tarde; el tren se había puesto en marcha.
Resignado, sólo cabía esperar que aquel fuese el tren correcto, pues no podía faltar a su trabajo. No él. No a su puesto. Un tanto contrariado por la situación, dejó caer su maletín de cuero negro al suelo, mientras, reposando la espalda contra la puerta del vagón, cerró los ojos y respiró profundamente. Así permaneció por un largo periodo de tiempo, descansando.
Al rato, levantó la cabeza, contemplando aquel vagón. Era un pasillo con las paredes empapeladas hasta la mitad con tonos marrón, como las viejas casas de la alta sociedad. Desde donde acababa el empapelado hasta el techo, la pared estaba recubierta de madera, una muy fina. Parecía demasiado nueva. Unos motivos dorados la recorrían a lo largo de todo el vagón, como si de una enredadera se tratase. La única luz de la cabina, que había dejado ahora de parpadear para ser constante, era sostenida por una lámpara también dorada, anclada en la pared.
En todo el vagón había sólo dos ventanas, que apenas sí dejaban ver el exterior debido a la niebla y la oscuridad que había fuera. El suelo, de un rojo carmesí, era de moqueta aterciopelada, como de las que, como cuando era niño, dejaba los zapatos en la puerta para andar placenteramente descalzo por ella.
Giró entonces la cabeza hacia la derecha, encontrando una puerta cerrada. A la izquierda, el panorama no se presentaba mucho mejor, debido a la oscuridad que se atisbaba a lo lejos. Sin embargo, el hecho de que la puerta de ese lado estuviese abierta le hizo inclinarse por tomar esa dirección. Así pues, tomó su maletín del suelo, y, con paso lento, se dispuso a atravesar la puerta que habría de llevarle a otro vagón.
Conforme se acercaba al umbral, la oscuridad que emanaba, fue tornándose claridad, como si hubiese amanecido repentinamente. Miró fuera por una de las ventanas, y, efectivamente, encontró luz. Niebla y mucha luz, de tal forma que le era imposible ver más allá del cristal. ¿Estarían ahí los campos que todos los días atravesaba en tren en su recorrido al trabajo y de vuelta a casa? Eso esperaba, mientras cruzaba la puerta que le llevó al otro vagón.
Esta cabina sí disponia de compartimentos para pasajeros. Así que, deslizó la puerta de uno de ellos para abrirlo, y observó el interior. Lo que más le llamó la atención fue la luminosidad del mismo. El mobiliario era de madera, de muy diversos tonos, destacando sin duda los dos sillones que se encontraban enfrentados uno con otro con apenas un metro de distancia, dejando en medio una ventana. Eran de una madera brillante, recubiertos de aparentemente suaves y blandos cojines de color granate. Estaban delimitados por la pared del vagón en un extremo, y por un brazo arqueado en el otro.
En uno de ellos, el de su izquierda, se encontraba sentada una mujer. Era joven, de no más de treinta años, pensó él. Llevaba un vestido largo y ancho, blanco, con diversos bordados. En la mano derecha sostenía una rosa blanca, como recién cortada. En la izquierda un libro de pastas color verde oscuro. Lo que había escrito en la portada era indescifrable desde esa distancia.
Su cuello, resplandeciente, lucía un colgante plateado, realzándolo aún más. Su pelo cobrizo, era ondulado, peinado con un caos perfecto. La cara no era visible, puesto que la joven miraba por la ventana. Lentamente, giró la cabeza, mirándolo con ojos de tristeza. Unos ojos que pese a esa tristeza, eran la cosa más bonita que él había visto en su vida, lo supo al instante. La belleza de la joven era tal que se quedó embobado, atónito, petrificado como una estatua, mirándola. Tan sólo salió de ese estado cuando oyó "hola, ¿querrías pasar y acompañarme?".
Continuará...
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1 comentarios:
El tren se puede interpretar como una metáfora de las decisiones que se toman.
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