Aquel día, como cualquier otro, llegó puntual a la estación para tomar el tren que habría de llevarle a su lugar de trabajo. No le gustaba llegar tarde a ningún sitio, al igual que detestaba que le hiciesen esperar.
Aún no había amanecido, por lo que la oscuridad, hermanada con la espesa niebla, apenas le permitía ver un par de metros de distancia delante de él. El olor a lluvia inundaba el ambiente, había sido una noche de las que le gustaban. Le encantaba quedarse dormido mientras las gotas de agua se deslizaban por el tejado y golpeaban la escalera metálica que se encontraba fuera, y de fondo sonaba, como cada noche, aquella canción de piano que le ayudaba a dormir. Ésa que nunca aprendió a tocar y por la que gastó parte de su fortuna en comprar un piano, viejo y desgastado, pero que otorgaba ese sonido que sólo ciertas personas saben distinguir.
Sin embargo, esa mañana poco tenía que ver con la placidez y calor de su cama. El frío empezaba a hacerse cada vez más intenso en aquella estación. Un lugar al que poca gente solía acudir a esas horas tan tempranas. Aquel día, sólo estaba él, nadie más. A decir verdad, mientras venía de camino por las mismas calles empedradas que todos los días recorría hasta la estación, no vio a nadie. Ni siquera al anciano sin hogar que siempre dormía refugiado bajo el techado de una tienda de sombreros, y a la él solía ir con su abuelo cuando era un niño. Ni siquiera el viejo estaba allí. Tan sólo un fino arroyo formado por el agua caída esa noche emanaba algo de vida con su leve fluir.
Por supuesto, le pareció raro no encontrarse con nadie por el camino ni en la estación, por muy solitaria que ésta fuera normalmente. Esta vez estaba demasiado tranquila, tan sólo estaba él. Él... y el silencio.
Pero justo cuando empezaban a ser amigos el silencio y él, el primero tuvo que abandonar la escena sin tan siquiera despedirse. Algo interrumpió la calma.
A lo lejos, muy a lo lejos, un sonido de tren empezaba a ser audible. Se aproximaba. Cada vez estaba más y más cerca, hasta tal punto que a pesar de la cegadora bruma, se vislumbraban dos luces, amarillas, intensas como el Sol, que se hacían más grandes a la par que más lentas, conforme la locomotora se acercaba.
Pasaron de largo unos metros, y fue en ese instante cuando el tren se detuvo, devolviendo el silencio a la escena. Estaba seguro de que era su tren. "Debe haberse retrasado un poco", pensó. No se oyó ninguna una campana, ni siquiera el típico "¡pasajeros al tren!" que él siempre respondía en voz baja con un "¡allá vamos!", como para dar el pistoletazo de salida a su jornada. No hubo nada.
De repente, a escasos dos metros delante de él, la puerta de uno de los vagones se abrió, emanando una luz blanquecina de dentro. No sin antes dudarlo, dio unos pasos, y mientras su pie derecho alcanzaba el interior del vagón, susurró su "¡allá vamos!", y conforme terminó de decirlo, la puerta se cerró tras él.
Continuará...
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2 comentarios:
http://www.youtube.com/watch?v=eUvJAJ5Cqv4
^_^
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