sábado, 7 de febrero de 2009

Es...

...como mirar al cielo en una noche despejada y pretender que cada una de las pequeñas estrellas, preciosas todas ellas, se conviertan en deseos. Y ponerte de puntillas extendiendo el brazo hasta su límite para intentar alcanzarlas, como cuando eres niño y tu madre esconde las galletas en un lugar alto, donde no puedas llegar.

Pero, tras unos instantes intentándolo, mientras la hierba acaricia tus tobillos desnudos, y la suave brisa noctura te besa la cara, caes en la cuenta de que es imposible. Cierras los ojos como consecuencia de la rabia y la desesperación, al caer en la cuenta de cuan tonto has sido... ¡Todo el mundo sabe que no se pueden tocar las estrellas!

Mientras maldices tu suerte una y otra vez, sin abrir los ojos, sientes cómo el suave manto verde que cubre la tierra donde pisabas ya no te hace cosquillas en los pies. Te sientes ligero, etéreo, como si flotases.

No sin miedo, entreabres los ojos, y...

Sí, ahí están, todas las brillantes estrellas a tu alcance, no sabes ni cómo ni cuándo sucedió, pero ¿qué importa? Has llegado lo suficientemente alto como para tocarlas, cogerlas y guardarte todas y cada una de ellas en el bolsillo si quisieras.

Sin embargo, mientras te encuentras decidiendo cuál de ellas será la primera que cogerás, observas, casi inadvertida otra estrella. Una distinta al resto. No tiene brillo ninguno. Eso explicaría por qué no la percibías desde el suelo. Ahí está, en un rinconcito apartado del cielo, marginada por sus hermanas. Tan triste, que lo único que brilla en ella es el reflejo de la luz de las demás en sus lágrimas.

De repente, te olvidas del resto, y empiezas a preguntarte por qué esa no luce como las otras, por qué no es brillante. Tu mirada queda fija en ella, de tal forma que cuestionas si realmente necesitas a todas esas relucientes estrellas que ansiabas hace un instante. ¿Acaso tocarlas no te quemaría? "Seguro que sí", te dices, a la vez que vas acercándote a la estrella sin brillo.

Es entonces cuando decides extender el brazo, con la palma de la mano hacia arriba, como invitación a que te acompañe. Y le susurras al oído, sin miedo a quemarte como te ocurriría con el resto, secretos y palabras que sólo tú conoces.

Mientras descendéis juntos al suelo, notas cómo tu mano, apretada ahora por ella, comienza a sentir un mágico calor. Giras la cabeza hacia ella. Sonríe. Sonríe irradiando tal felicidad que la luz desprende, hace que el brillo de sus hermanas sea imperceptible.

Y sin daros cuenta, se hizo el día a medianoche.